Felip Puig Godes, conseller de Interior, carga 89 euros en la cuenta de la Generalitat para comerse una lubina. La crisis no es para todos. Los recortes tienen una utilidad: que el estamento político pueda seguir viviendo a todo tren con cargo a las arcas públicas. Y es que ni siquiera pagan ellos. Son "dietas" que salen del bolsillo del contribuyente. ¿Hasta cuándo va a durar la paciencia del pueblo?
lunes, enero 30, 2012
jueves, enero 12, 2012
Ramon Parés Gallés
Artículo pendiente de realización sobre el supuesto caso de "nepotismo" de Wad-Ras (parlamentaria Montserrat Tura dixit) una vez se verifiquen ciertos datos. Les agradecemos su paciencia. Estamos investigando.
Ombres a la política penitenciària (2010):
http://www.elpuntavui.cat/noticia/article/7-vista/23-lectorescriu/343536-politica-penitenciaria.html
Torturas en prisión (2008)):
http://www.adecaf.com/propis/prens/prens/Torturas%20en%20prision.pdf
Presons opaques (2004):
http://www.adecaf.com/altres/inci/inci/opaques.html
Reclusos asesinos (2004):
http://www.adecaf.com/altres/amn/amn/metas.html
Ombres a la política penitenciària (2010):
http://www.elpuntavui.cat/noticia/article/7-vista/23-lectorescriu/343536-politica-penitenciaria.html
Torturas en prisión (2008)):
http://www.adecaf.com/propis/prens/prens/Torturas%20en%20prision.pdf
Presons opaques (2004):
http://www.adecaf.com/altres/inci/inci/opaques.html
Reclusos asesinos (2004):
http://www.adecaf.com/altres/amn/amn/metas.html
miércoles, abril 20, 2011
La lección de Finlandia
Un Timo inteligente
Que un partido de extrema derecha obtenga buenos resultados electorales es una noticia importante, pero a la que ya empezamos a estar bastante acostumbrados. En todo caso, no creo que el hecho inquiete demasiado al sistema oligárquico transnacional que nos gobierna, porque, como se ha podido comprobar hasta el hartazgo en Francia durante la época de Le Pen, los votos ultras son siempre de prestado, o sea, reembolsables en provecho de la eterna derecha liberal.
La extrema derecha raras veces supera un determinado techo electoral del 15% y, aunque en la actualidad ya sea capaz de entrar en los parlamentos europeos con relativa facilidad, nunca podrá gobernar, cuando precisamente de eso es de lo que se trataría. Para los dirigentes ultras constituye, sin duda, toda una satisfacción personal disfrutar de las prebendas que van asociadas al escaño, pero, a menos que los tengamos por completamente idiotas, han de saber ya a estas alturas que los votos a ellos destinados son votos perdidos. O sea que o son unos cretinos o unos auténticos sinvergüenzas (en algunos casos, como el de Cervera, las dos cosas a la vez). No hago extensiva esta afirmación a Le Pen, alguien a quien considero una persona fundamentalmente honrada y capaz, pese a que se embarrancó en el callejón sin salida de su propio bagaje ideológico (que no comparto); lo cierto es que nunca necesitó del escaño para vivir. Pero, después de la experiencia de Le Pen, los que no aprendan de lo sucedido con el FN francés será porque no dan la talla o porque, en defecto de lo anterior, van en busca del beneficio privado y no del servicio a la nación.
La extrema derecha raras veces supera un determinado techo electoral del 15% y, aunque en la actualidad ya sea capaz de entrar en los parlamentos europeos con relativa facilidad, nunca podrá gobernar, cuando precisamente de eso es de lo que se trataría. Para los dirigentes ultras constituye, sin duda, toda una satisfacción personal disfrutar de las prebendas que van asociadas al escaño, pero, a menos que los tengamos por completamente idiotas, han de saber ya a estas alturas que los votos a ellos destinados son votos perdidos. O sea que o son unos cretinos o unos auténticos sinvergüenzas (en algunos casos, como el de Cervera, las dos cosas a la vez). No hago extensiva esta afirmación a Le Pen, alguien a quien considero una persona fundamentalmente honrada y capaz, pese a que se embarrancó en el callejón sin salida de su propio bagaje ideológico (que no comparto); lo cierto es que nunca necesitó del escaño para vivir. Pero, después de la experiencia de Le Pen, los que no aprendan de lo sucedido con el FN francés será porque no dan la talla o porque, en defecto de lo anterior, van en busca del beneficio privado y no del servicio a la nación.
Idea central: los votos populares destinados a la extrema derecha les resuelven la vida a los dirigentes del partido ultra, pero dejan la situación social objetiva tal como estaba antes del sufragio. La política de inmigración, en efecto, no se ve inquietada, sino favorecida, por la circunstancia de que un demagogo consiga unos cuantos votos y, ante la evidencia de su inutilidad, los electores vuelvan al cabo de unos años a dar su confianza a las organizaciones tradicionales. Pues la gente debe ocuparse de temas distintos, o sea, de cuestiones que también existen e interesan a quienes viven de una nómina pero respecto de los cuales la ultraderecha tiene poco o nada que hacer. Como máximo, los partidos ultras pueden provocar, sin quererlo, que la derecha liberal asuma hipócritamente alguno de sus eslóganes radicales, convenientemente dulcificados o adulterados, para engañar a la población y así ganar tiempo (y "tiempo" significa aquí una legislatura entera, que no es moco de pavo si pensamos en la situación demográfica a la que se ha llegado tras décadas de mendacidad y manipulación). Pero la política de inmigración no será nunca modificada en lo sustancial por los partidos de la derecha liberal, porque constituye uno de los pilares del sistema capitalista posmoderno: el abaratamiento de la mano de obra en beneficio del capital y una fragmentación multicultural de la parte social de tal calibre que impida actuar a los trabajadores como sujeto político unitario. Ningún partido ultra va a detener ni una milésima de segundo la construcción del mercado mundial. Para ello se requieren opciones de un calado ideológico que rebasa la capacidad intelectual de los analfabetos (en muchos casos, empero, hinchados de soberbia) que acostumbran a liderar las escuderías políticas populistas.
Volvamos a la realidad. A los inmigrantes los trajo la derecha liberal católica. En España, el PP. Y la falsa izquierda -la izquierda vendida al capital, léase: el PSOE- santifica la entrada de la carne laboral semiesclava en nombre del progresismo, el humanitarismo y toda la quincalla obsoleta del viejo obrerismo internacionalista, fenecido tiempo ha. Los partidos de extrema derecha se desloman así para provecho del capitalismo, sin saberlo o ex profeso. Pelean los fachillas con otros partidos de extrema derecha y con la derecha burguesa para disputarse de forma poco menos que minifundista el espacio electoral conservador, que es el menos perjudicado por la política de inmigración, con lo que sólo consiguen hacerle el caldo gordo a personajes como un Sarkozy o, a escala local, un García Albiol. En cualquier caso, bien lejos de sus graneros de votos, no asustan a Zapatero o Llamazares. Ahora bien, los votantes más perjudicados por la actual política de inmigración se encuentran masivamente a la izquierda del electorado: mano de obra no cualificada. Por ello, la gente común, si tiene que elegir entre votarle a un ultraderechista o a un liberal, a igualdad de factores siempre preferirá al liberal, que ante sus ojos es más moderado, más progresista o, en otras palabras, que asusta menos. Pero si el obrero de la SEAT pudiera escoger entre un derechista y un izquierdista contrarios a la inmigración, se quedaría con el izquierdista sin dudarlo ni un segundo. Aquí, por tanto, se habrían acabado para siempre las "operaciones Sarkozy" y similares. Jugarse la cara para denunciar la política de inmigración ya no significaría dedicar años de esfuerzos en provecho del partido derechista de turno, que los rentabilizará cuando le plazca. Lamentablemente, el tiempo se nos acaba y no existen partidos de izquierda nacional (o se encuentran en fase de germinación) a los que los trabajadores puedan apoyar frente a la derecha, bien entendido que una operación Sarkozy desde la izquierda del sistema resulta actualmente impensable. Así que el liberal lo tiene fácil: por un lado, importa a los inmigrantes para explotarlos en perjuicio de los trabajadores autóctonos; por otro, se aprovecha del clima de inseguridad ciudadana y desempleo para imputar a los inmigrantes las causas de todos los males y pescar en el río revuelto del trabajo callejero de agitación racista. A tal efecto, el político de derechas sólo ha de esparcir de vez en cuando a los cuatro vientos algún eslógan xenófobo. Fácil. La fiscalía se lo consiente. Y los ultras tan tranquilos, porque, de un modo u otro, trabajando "bien" aunque sea como meros extremistas recalcitrantes e impresentables (léase: representando obedientemente su papel en la comedia mediática), tienen garantizado un 5% del voto y, por tanto, la profesionalización política, el coche oficial, la visa institucional, etcétera. En suma, con el populismo estamos ante una estafa, una mina de cargos y vocaciones trepadoras surgida de la descomposición de occidente, ahora con el tema inmigración como cartel de negocio. Pero nada más. La invasión continuará después de que el populismo se haga un hueco en el Parlament de Catalunya. No lo duden.
Más sorprendente es que un partido ultraderechista multiplique sus votos por ocho. ¿Qué ha pasado? Pues que los Auténticos Finlandeses se han declarado de centro-izquierda. Es decir, han hecho lo que algunos venimos reclamando públicamente desde el año 2007, por supuesto sin ser escuchados. Con la diferencia de que nosotros proponemos la fundación de una organización de genuina izquierda nacional, no un mero maquillaje izquierdista de un partido ultra como el finlandés.
Sobre lo ocurrido en Finlandia es necesario, en este sentido, subrayar dos cuestiones.
La primera, que los medios de prensa se han apresurado a negar toda credibilidad al supuesto carácter izquierdista de los Auténticos Finlandeses, a pesar de que éstos han insistido en la etiqueta y han propuesto medidas que, se mire como se mire, favorecen a los trabajadores de Finlandia, la inmensa mayoría de la población, y representan, en este sentido, intereses de izquierdas. Pero los medios de comunicación, verdaderos guardianes de las murallas del sistema, son conscientes de que la admisión, el reconocimiento normalizado de un espacio simbólico de izquierda nacional, rompería el techo electoral del 15% que mantiene a los partidos patrióticos encerrados en el corralito ultra. En una palabra, un partido de izquierda nacional no tendría techo electoral, lo que significa que, además de entrar en el Parlament, podría gestionar una nueva política de flujos migratorios. Podría, incluso, ir más allá (memoria histórica, holocausto, unidad europea, Palestina...).
Gobernar significa en estos momentos partirle el espinazo a la política liberal de inmigración, léase: al sionismo (racísta respecto de sí mismo, multiculturalista respecto de los demás pueblos), con todos los beneficios que de ello se derivarían para los autóctonos. Un hecho que extendería la alternativa nacional-popular como un reguero de pólvora por el resto del continente. !No estamos hablando de gobernar Cataluña o incluso España, sino de una Nueva Europa! !Horror! !El "fascismo" (que era originalmente de izquierdas, no lo olvidemos) vuelve! Así que en Finlandia los periodistas del sistema, cuya ideología es el habitual antifascismo de resorte, han hecho los deberes y remachado el dogma que posibilita la perpetuación de la actual puñalada demográfica extranjerista a pesar de la mayoritaria oposición de los ciudadanos europeos, es decir, de los trabajadores de la nación. Este dogma dice que los partidos contrarios a la inmigración han de ser derechistas. Se les respetará un trocito del pastel si se muestran cristianos y pro Israel. Ahora bien, los ultras españoles están de acuerdo con el dogma sistémico. Aquí en España la prensa no tiene que ponerles la soga en el cuello a los "patriotas": se la ponen ellos mismos. !Felicidades!
Gobernar significa en estos momentos partirle el espinazo a la política liberal de inmigración, léase: al sionismo (racísta respecto de sí mismo, multiculturalista respecto de los demás pueblos), con todos los beneficios que de ello se derivarían para los autóctonos. Un hecho que extendería la alternativa nacional-popular como un reguero de pólvora por el resto del continente. !No estamos hablando de gobernar Cataluña o incluso España, sino de una Nueva Europa! !Horror! !El "fascismo" (que era originalmente de izquierdas, no lo olvidemos) vuelve! Así que en Finlandia los periodistas del sistema, cuya ideología es el habitual antifascismo de resorte, han hecho los deberes y remachado el dogma que posibilita la perpetuación de la actual puñalada demográfica extranjerista a pesar de la mayoritaria oposición de los ciudadanos europeos, es decir, de los trabajadores de la nación. Este dogma dice que los partidos contrarios a la inmigración han de ser derechistas. Se les respetará un trocito del pastel si se muestran cristianos y pro Israel. Ahora bien, los ultras españoles están de acuerdo con el dogma sistémico. Aquí en España la prensa no tiene que ponerles la soga en el cuello a los "patriotas": se la ponen ellos mismos. !Felicidades!
La segunda cuestión a subrayar es el porqué, en España y, en general, en el resto de Europa, la derecha populista anti-inmigración sigue negándose a posicionarse en la trinchera que le corresponde, siendo así que todos sus líderes proceden de la ultraderecha católica. Para entenderlo, obsérvese que en la política anti-inmigración existen varios grados posibles de compromiso laborista:
a/ el partido que no incluye ninguna medida de izquierdas en su programa, antes bien, defiende el liberalismo, los recortes en política fiscal, el integrismo religioso, la desregulación laboral, etcétera. Son partidos liberales y conservadores en materia socio-econónima que, no obstante, se oponen a la inmigración (en el mejor de los casos sin darse cuenta de que ésta constituye la baza más efectiva del liberalismo en beneficio de sus amos capitalistas);
b/ el partido que acepta a regañadientes algunas medidas favorables a los trabajadores, pero se niega a posicionarse en la izquierda, palabra que rechaza como si del demonio se tratara;
c/ el partido que se declara expresamente de izquierdas o de centro-izquierda a pesar de ser, como poco, de forma ostensible, un partido de derecha populista, pero hace suyas importantes propuestas en favor de los trabajadores y, lo que es más importante, asume el vocablo "izquierda", con lo que rompe su techo electoral "natural" sin ser realmente de izquierdas (izquierdismo táctico).
d/ el partido que se constituye ya desde el principio como organización de izquierdas, aunque no lo sea, pero con el rótulo y la apariencia externa (izquierdismo estratégico).
e/ el partido que se funda como una organización de izquierda nacional genuina, que lucha en defensa de los intereses morales y materiales de los trabajadores en tanto que encarnación humana concreta de la nación. Estos partidos suponen la ecuación pueblo=nación y, por lo tanto, no "añaden" medidas o siglas favorables a los trabajadores como si fuesen concesiones más o menos refunfuñonas sobre un fondo de indecente derechismo y liberalismo conservador; antes bien, sus propuestas nacionalistas y patrióticas son, al mismo tiempo, de manera indisoluble, propuestas sociales laboristas perfectamente diferenciadas de las izquierdas internacionalistas y comunistas totalitarias.
Admitido este esquema, los lectores pueden ir situando a los distintos grupúsculos y partidos identitarios españoles en la casilla que les corresponda. Yo me abstendré de hacerlo, por lo menos aquí. En este artículo sólo me interesa ubicar a los Auténticos Finlandeses, para escarnio, todo hay que decirlo, de la mayoría de los identitaristas hispánicos.
Auténticos Finlandeses ha multiplicado por ocho su voto. ¿Cómo lo ha hecho? Se trata de un partido situado en el nivel c/, es decir, de un partido de derecha populista pero capaz de entrar en una liza electoral reconociendo que las posturas lógicas y consecuentes en la lucha contra la actual política de inmigración son las de izquierda. Lo que se ha traducido, para ellos, en utilizar la palabra "izquierda" sin complejos, con un sentido positivo, como lo hacen la mayoría de los trabajadores. La palabra es tan importante, o más, que el mensaje, porque el mensaje hay que analizarlo y buena parte de los votantes no analizan nada y se guían más por el significante que por el significado (como lo demuestra el hecho de que los trabajadores apoyen al PSOE, aunque sea como mal menor). Y, no obstante, los propios medios de prensa próximos al identitarismo han calificado a los Auténticos Finlandeses de meros ultras, mordiendo así el anzuelo que les ofrece perversamente el sistema con una ingenuidad pasmosa.
Con ello puede decirse, lo subrayo, que la extrema derecha europea sigue haciendo lo que el sistema oligárquico transnacional espera de ella, pero ¿cuál es el motivo? Veámoslo. Representa su papel a la perfección porque sus dirigentes y cuadros han llegado a creerse en su fuero interno que son ultras y viven su ultraderechismo como un problema de identidad personal. Para ellos, la palabra izquierda tiene un contenido ideológico, no sociológico. Aunque en política es prudente utilizar las palabras tal como las entiende la mayoría o de cara a la mayoría (otra cosa es la filosofía) y, en este caso, en la jerga de los trabajadores, principales afectados por la política liberal-derechista de inmigración, izquierda significa "aquéllo que favorece al pueblo", los dirigentes ultraderechistas creen saber mejor que la gente lo que el término "izquierda" significa "realmente". Y en la mente de un ultra "izquierda" equivale a aborto, divorcio, promiscuidad, homosexualidad, etcétera; en suma, a "pecado". Pero si se le pregunta a un obrero español, a menos que sea católico (que haberlos, haylos), "izquierda" nada tiene que ver con lo que anida en la mente del integrista reaccionario. De hecho, ¿no tenemos católicos izquierdistas (teología de la liberación) o cristianos por el socialismo? Y así, vemos que en el debate sobre significado de esta palabra se decide el destino de un significante ("izquierda", sea cual sea su sentido) que es la clave para entrar a saco en la bolsa de votos de partidos como el PSOE, IU y IC-V. !Pero lo que aquí importa no es el contenido semántico de la palabra "izquierda", sino el significante mismo, el vocablo o término como tal! (De la misma manera, para los que me quieran entender, que el color de una bandera o un emblema).
Nuestros ultraderechistas creen, en suma, que pueden derrotar a la izquierda "ideológica" (ésa que los dirigentes reaccionarios tienen en la cabeza y que se corresponde en la realidad con los cuadros burgueses de los partidos de izquierda del sistema, pero no con los trabajadores) sin apropiarse de sus votos, que son los que le dan fuerza personajes como Zapatero. ¿Es Zapatero de izquierdas? !Por supuesto que no! Es de derechas, de la derecha liberal, capitalista, mundialista, la de la gomina y las stock options, la que construye la sociedad de consumo, ergo, el "progreso" (?). Y es esa derecha liberal "progresista" la que usará temas como el laicismo, el divorcio, el aborto express o la homosexualidad para marcar su espacio político frente a la derecha liberal conservadora católica, también mundialista (la palabra "catolicismo" viene el griego katolon, "universal"). Y el PSOE debe abusar de los mencionados temas-escándalo precisamente porque su política social es tan derechista como la del PP; Zapatero necesita algún banderín de enganche anticatólico, como por ejemplo el matrimonio homosexual, a fin de ocultar que, en todo lo demás, es decir, en lo realmente importante para los trabajadores, el PSOE, al igual que el PP, promueve un neo-liberalismo más o menos obsceno, vomitivo y cabrón.
Derrotar a la "izquierda" ideológica, una izquierda, en realidad derecha maquillada, que ni siquiera lo es, supondría arrancarle sus votos de izquierda sociológica con una política verdaderamente de izquierdas que incluye medidas drásticas sobre el tema inmigración, entre otras, pero que no obliga a nadie a defender la interrupción voluntaria y gratuita del embarazo, el condón para niños o el matrimonio gay. Porque el aborto es una idea tan de izquierdas como el Sermón de la Montaña de Jesús, quien proclamó que todos somos iguales a los ojos de Dios e inventó con ello la coartada universalista, mundialista, anti-identitaria, de la Iglesia romana. ¿Estaríamos aquí ante una doctrina izquierdista o derechista? La pregunta no tiene sentido, porque izquierdas y derechas son conceptos puramente relativos, históricos, de sociología política e incluso de estadística electoral, y no, como creen los reaccionarios, esencias eternas de carácter ideológico o incluso filosófico.
Para arrancarle sus votos a la falsa izquierda, a la izquierda liberal, a la izquierda burguesa, es necesario emplear la palabra izquierda tal como la entiende el pueblo, no como la entienden nuestros meapilas ultras del copón, y actuar en consecuencia. El significado de una palabra es su uso. Los dirigentes e ideólogos ultras alucinan en sus noches de insominio que existe una secreta correspondencia entre el significado que ellos le dan al vocablo "izquierda" y el vocablo en cuanto significante. Deben de pensar que izquierda rima con mierda y cosas por el estilo. Pero durante la Revolución Francesa la palabra izquierda designaba el liberalismo emergente, el capitalismo, y "derecha" el legitimismo monárquico del Ancien Régime. Sólo a lo largo del siglo XIX pasa "izquierda" a identificar los escaños de la socialdemocracia y, luego, en el XX, los del comunismo. Pero estamos en el siglo XXI y el partido comunista, felizmente, ha desaparecido del mapa terráqueo, o casi. Una palabra, en sí misma, no tiene significado, excepto el que se le quiera dar y, en este sentido, resulta razonable utilizar el contendio semántico que la mayoría de los hablantes le han dado. Izquierda ya no se confunde actualmente con comunismo o con anarquismo de cheka y pistolero anticlerical. !La izquierda está en otro sitio hace ya mucho tiempo! Esa izquierda de la Guerra Fría que mora en las mentes de los ultras murió incluso allí donde se vota a IU, un partido que esconde tras unas siglas izquierdistas su oriudez marxista para poder utilizar la palabra "izquierda" tal como la emplean los hablantes normales, que son, también, los votantes medios de un partido anti-inmigración dispuesto a ser coherente. Es decir, volviendo a la filosofía por una fracción de segundo, dispuesto a ser "fascista", pues de "fascistas" serán acusados, hagan lo que hagan, quienes cuestionen los verdaderos dogmas del sistema oligárquico planetario con sede en Tel Aviv.
La lección de Finlandia está, por tanto, clara. Si un partido ultra, aceptando el rótulo de centro-izquierda en una campaña electoral (ojo, !no en sus siglas!), ha multiplicado por ocho sus votos, ¿qué pasaría en las urnas con un partido de izquierda nacional? Empiecen a soñar, señores. Conclusión: parece evidente que ningún partido de derecha liberal podría montarle a la izquierda nacional una operación Sarkozy para absorver de una tacada la mayoría de su electorado, como siempre ha sucedido -y volverá a suceder- con los populismos ultras. Ya no se trataría de pelear por los escasos votos patrióticos (la burguesía carece de patria, excepto la del dinero) del lado diestro del electorado, sino por la inmensa masa de votos de los trabajadores machacados por la política derechista de inmigración. Ya no se trataría de participar en una carrera para ver quién llega antes al Parlament regional y empieza a beneficiarse de la vidorra parasitaria institucional, engañando con ello a las masas trabajadoras -preparando, en suma, con esta decepción, el retorno de los de siempre-, sino de asestarle un golpe mortal al sistema oligárquico transnacional. Tenemos que ser más ambiciosos. Es Europa lo que está en juego, no la billetera de alguno de estos aprovechados sin escrúpulos.
La lección de Finlandia está, por tanto, clara. Si un partido ultra, aceptando el rótulo de centro-izquierda en una campaña electoral (ojo, !no en sus siglas!), ha multiplicado por ocho sus votos, ¿qué pasaría en las urnas con un partido de izquierda nacional? Empiecen a soñar, señores. Conclusión: parece evidente que ningún partido de derecha liberal podría montarle a la izquierda nacional una operación Sarkozy para absorver de una tacada la mayoría de su electorado, como siempre ha sucedido -y volverá a suceder- con los populismos ultras. Ya no se trataría de pelear por los escasos votos patrióticos (la burguesía carece de patria, excepto la del dinero) del lado diestro del electorado, sino por la inmensa masa de votos de los trabajadores machacados por la política derechista de inmigración. Ya no se trataría de participar en una carrera para ver quién llega antes al Parlament regional y empieza a beneficiarse de la vidorra parasitaria institucional, engañando con ello a las masas trabajadoras -preparando, en suma, con esta decepción, el retorno de los de siempre-, sino de asestarle un golpe mortal al sistema oligárquico transnacional. Tenemos que ser más ambiciosos. Es Europa lo que está en juego, no la billetera de alguno de estos aprovechados sin escrúpulos.
Finlandia nos enseña que el camino obligado para los auténticos patriotas es la izquierda del nivel e/ conceptuado en el presente artículo, o sea, la izquierda nacional ideológica. Quienes quieran seguirse engañando y confundan temas como el nacionalismo y las opciones religiosas, dejan la patria en manos de los mundialistas internacionalistas y de los falsos izquierdistas del capital. El pueblo es más importante que la religión, porque de aquél, y no de Cristo, depende la existencia física misma de la nación. Un verdadero patriota sabrá, en definitiva, después de Finlandia 2011, qué resolución urgente y enérgica es necesario adoptar en estos momentos decisivos.
Jaume Farrerons
Figueres, 20 de abril de 2011
viernes, abril 23, 2010
Villarejo y el fascismo
Soy funcionario de prisiones y secretario provincial del colectivo Manos Limpias, la organización que ha arrastrado al presunto prevaricador y corrupto juez Garzón ante los tribunales, algo de lo que me enorgullezco.
La cuestión es que llevo muchos años luchando en defensa del respeto a los derechos humanos en las cárceles catalanas y hasta hace poco me tomaba en serio al Sr. Jiménez Villarejo, pero sus últimas declaraciones, donde me insulta por el simple hecho de pertenecer a un sindicato, acusaciones vertidas encima desde la sede de otro sindicato, me han indignado.
Por si fuera poco, he descubierto que el señor Villarejo fue nombrado fiscal, es decir, abogado del Estado, en plena época franquista, un dato que no acredita excesiva autoridad moral en materia de derechos humanos.
El Sr. Villarejo está ahora defendiendo con uñas y dientes a un juez que en 1998 se negó a procesar a Santiago Carrillo amparándose en la ley de amnistía de 1978, pero considera que esta ley no es válida para todos, sino sólo para exonerar a los criminales de izquierdas. El Sr. Garzón imputó a Pinochet, pero no ha movido ni un dedo para perseguir a los responsables de la muerte de 100 millones de personas, en países como Rusia y China, a manos de las autoridades comunistas, a pesar de que estos genocidios son mucho más recientes que las comprensibles represalias de Franco contra el criminal bando estalinista en la Guerra Civil Española.
Además, no se puede calificar de “víctimas del franquismo” a todas las personas que Franco juzgó y condenó, porque muchas de ellas eran torturadores, ladrones y asesinos de las chekas o (como Companys) responsables políticos de la persecución, maltrato y exterminio de quienes los frentepopulistas consideraban “fascistas”.
Villarejo reedita el lenguaje criminal de los estalinistas y busca como sede para lanzar sus improperios el local de UGT, una de las organizaciones que en 1936-1939 regentaban las cámaras de tortura donde murieron miles de ciudadanos inocentes. Una central que, en Cataluña, se “enorgullece”, sin enrojecer de vergüenza, de su sección de prisiones, cuyos dirigentes han defendido a funcionarios penitenciarios condenados por malos tratos incluso después de conocer la sentencia. Un pseudo sindicato corporativista que se opuso con todas sus fuerzas a que se investigaran las torturas masivas de Quatre Camins del 1 de mayo de 2004, que condecoró a carceleros sancionados por maltrato, que hace causa común con Mossos d’Esquadra condenados por torturas, etcétera. En suma, el Sr. Villarejo sólo se “enciende” –y hasta el delirio- con los abusos de la derecha, pero ignora y hasta convalida olímpicamente los de la izquierda, todo ello, quizá, para hacernos olvidar su pasado franquista perfectamente documentado.
Esta doble vara de medir es incompatible con el respeto a los derechos humanos y le convierte a él, y no a nosotros, que denunciamos el crimen sin mirar de reojo quién es el criminal y quién la víctima, en “instrumento” de corruptos, torturadores y asesinos, ya sean de un bando, ya del otro.
Jaume Farrerons
23 de abril del 2010
jueves, diciembre 17, 2009
Catalanismo y judaísmo
Existe una sola manera en el mundo de ejercer como ultraderechista de tomo y lomo sin que te acusen inmediatamente de "nazi", a saber, ejercer como ultraderechista judío. La cosa resulta tan sabrosa que incluso puede suceder, y sucede de hecho a menudo, que a los nacionalistas radicales hebreos les califiquen de ultraortodoxos a fin de eludir la palabra "extrema derecha", la cual, en muchas mentes "progresistas", funciona como sinónimo de "asesinato" o, incluso, de "genocidio". En honor a la verdad, hay que reconocer que cada vez son más los periodistas que se atreven a romper el tabú y hablan de una "extrema derecha israelí", pero nunca van más allá, como si los extremistas étnicos judíos sólo se documentaran en Tel Aviv. Empero, algo es algo. En cualquier caso, ese concepto de "extrema derecha", la israelí, pocas veces equivaldrá semánticamente a racismo, a pesar de que el Estado de Israel es una organización criminal que sólo admite como inmigrantes a ciudadanos judíos de sangre, haciendo todo lo posible para expulsar de su tierra natal a los palestinos que la habitan desde tiempos inmemoriales. Así, en el año 1948 emprendieron la realización del Plan Dalet (que incluye el uso de la fuerza militar, del terrorismo y de la limpieza étnica) con el fin purificar su tierra, destinada, al parecer, al pueblo elegido por Dios, según mandato divino, como Franco. Y, en fin, la ONU calificó el sionismo de racismo, aunque luego, para más burla, rectificó a instancias de Bush (padre) sin explicar el porqué. Pero ésta es otra historia que requeriría como poco, un post entero para explicarla. La estelada comunista de camino hacia Jerusalén
La cuestión aquí es que esta exclusividad hebrea en el ultraderechismo "permitido" ha hecho soñar despiertos a muchos catalanistas. En efecto, se podía ser un ultra, cometer todas las atrocidades que habitualmente se atribuyen a los ultras (en muchos casos, aunque no siempre, con razón), pero salir moral y políticamente impoluto de la fechoría. Algo así no se podía dejar escapar, visto que la oligarquía catalana es una trama delincuencial dedicada de forma sistemática a perpetrar delitos y no descarta la opción del asesinato para alcanzar sus objetivos de enriquecimiento y poder. De manera que los catalanistas oligárquicos -que lo son todos- analizaron la cosa y, con el permiso de los judíos, decidieron abonarse a una especie de hebraísmo subsidiario.
Para ello, en primer lugar, tuvieron que olvidarse de las persecuciones antisemitas que también han existido en Cataluña, un país donde, no por azar, puede encontrarse un pueblo denominado nada menos que Matajudaica. (Tal como lo oyen. En el Alt Empordà).
La oligarquía catalana, originariamente católica, tuvo que olvidarse también de que, bajo el gobierno del republicano Lluís Companys, la derecha catalana fue sometida a persecución y exterminio, hasta el punto de tener que esconderse bajo las faldas de Franco para salvar la vida. En la posguerra, derrotado el fascismo, estos desagradecidos empezaron a rumiarse la conveniencia de cambiar de bando, algo que sólo se atrevieron a convertir en tímida realidad cuando la dictadura estaba ya en las últimas y se evidenciaba cuál iba a ser el final del cuento, a saber: la muerte del Generalísimo, que pondría a los oligarcas catalanes, a las familias católicas ricas de Montserrat, en el lado de los perdedores y, por ende, en la puta miseria, una situación que no podían consentir, porque implicaba soltar el país -Cataluña- que tenían cogido por los cojones y que no dejaban de exprimir, estos cabronazos, desde hacía siglos.
El pacto de la mentira
Así, fraguaron su impostura, a saber, el pacto con la izquierda catalanista (también burguesa) y su absorción como escudo de protección frente a las previsibles e inminentes turbulencias de la transición. Católicos de misa y marxistas de cátedra se sentaron a la misma mesa, a la hora del té, para perfilar la operación de blanqueamiento moral de los ricachos abonados hasta entonces a la dictadura. Esa fue su "oposición" al franquismo. Pujol, es cierto, se dejó encarcelar para expiar, en nombre de toda su casta, el vínculo con el "fascismo" y, finalmente, en poco tiempo, los palacetes de Pedralbes segregaron un extraño aborto ideológico que era una mescolanza de socialismo y cristianismo, con los "valores modernos" cristiano-secularizados como raíz común (tal como había denunciado Nietzsche, pero en un sentido positivo). Este pacto de la mentira es el origen de la Cataluña contemporánea. De la mierda actual, vamos. Se denomina oasis catalán. Cuando se descubrió -hace poco, por cierto- que el comunismo había sido peor que el nazismo, la derecha católica les ha devuelto el favor a los cristosocialistas oligárquicos (Maragall, PSC) obviando ciertas evidencias molestas, entre ellas la criminal persecución de los católicos y de los conservadores bajo la Segunda República.
La siguiente contorsión moral consistió en identificar el catalanismo con el antifascismo, es decir, en manipular la historia y girarla del revés, como un calcetín. A tal efecto, la propia oligarquía lanzó a escena a los grupos de niñatos racistas que caracterizaron y caracterizan todavía el independentismo radical catalán de ideología marxista-leninista ortodoxa. Puro teatro de desfascistización perpetrado por hijos de la zona alta de Barcelona y algún acomplejado de apellido castellano que quiere ganarse así un pedigrí de pureza, la impostura, empero, cuajó. Su bandera: la estelada, es decir, una estrella roja comunista plantificada en medio de la catalana senyera de siempre. El significado de ese símbolo, totalmente ajeno a Cataluña pero vital para la blanquear el nacionalismo ultraderechista, racista y reaccionario de nuestra repugnante oligarquía es claro: Cataluña se opone a España porque España significa "el fascismo", con el que entronca a través del régimen franquista, aliado de Hitler. Visto que Cataluña fuera reprimida por Franco, el catalanismo está en el lado correcto de la vida, es decir, en el de las "víctimas del holocausto"; y su nacionalismo es un equivalente del judío.Tenemos, además, el libro de Montserrat Roig Els catalans als camps nazis... Un nacionalisme defensiu, lo llaman, y con tal sutil distinción quieren decir: un nacionalismo al que se le debe dar cancha e impunidad frente al nacionalismo español, que es "ofensiu" y, por ende, ha de ser estigmatizado como "nazi" (de ello se encarga TV3). Que Franco salvara el pellejo de muchos judíos no importa. Que ellos mismos, o sus padres o abuelos, fueran amparados por el bando nacional como católicos perseguidos por la bestia roja, tampoco importa. Estos pequeños detalles y otros pueden dejarse de lado ante el brillo del oro que, ya a distancia, promete la utopía independentista en provecho de las 200 familias oligárquicas catalanas.
Jueus de España
No pocos catalanistas se dedican a explotar el filón hebreo repitiendo allí donde les dejan que los catalanes somos los judíos de España, algo que antes era un insulto popular pero que ahora, con la tortilla ya girada, puede convertirse en el punto de partida de un poderoso negocio político. Detalles: hasta el propio Duran i Lleida imparte conferencias y mítines arropado por una inmensa estelada. Él, un derechista convicto y confeso, perora bajo un símbolo marxista (el de Terra Lliure) sin inmutarse.
En Israel, el ultraderechismo antifascista funcionó para montar un Estado racista, criminal y genocida, ¿por qué no aquí? ¿No se trata de "limpiar" el país de castellanohablantes como los sionistas limpian Israel de palestinos? Sin embargo, los ultras españoles y de otros países se han quedado hace ya tiempo con la copla y empieza a ser moneda corriente levantar banderas de Israel en manifestaciones contra las mezquitas. La bandera israelí opera como un objeto mágico que ahuyenta los malos espíritus periodísticos. Basta ser católico para disfrutar de muchas cosas en común con el judaísmo, empezando por ese antisemitismo, alimentado durante siglos por la Iglesia romana, que los propios sionistas atizan como necesario combustible de sus ardores patrióticos.
¿Y la verdad, la objetividad, etc.? La memoria y la decencia son cosas molestas que se pueden dejar por el camino cuando se trata de llegar al poder o, como poco, de obtener una tajada del pastel, aunque sea unas migajas, lo que sea. Y en esto nuestros abyectos catalanistas tienen a quien parecerse aunque su inanición no sea tan humillante como la de los dirigentes españolistas y, por lo tanto, no estén tan justificados en su ignominia judeófila. Pero el hombre, permítaseme incurrir en este lugar común, es un ser insaciable, nunca nos conformamos con lo que tenemos.
La oligarquía catalana vive muy bien al abrigo de las instituciones autonómicas, que constituyen para ella (no para los ciudadanos) una fuente de riqueza y estatus considerable, asegurada además para siempre, si saben administrarla. Pero quieren más y van a provocar un problema grave. Lo sé. Necesitan subjetivamente controlar el país y sacarle hasta la última gota de sangre. Tienen que ajustar cuentas, pero no con España, sino con los catalanes desafectos a la mafia catalanista, que eso es, en el fondo, el catalanismo: el control vindicativo de la población autóctona. A tal efecto, han de hacer uso de un nacionalismo excluyente, ultraderechista pero políticamente correcto. Israel es el modelo y el antifascismo hipócrita de estos catolicones fariseos, racistas y, ayer, franquistas y antisemitas, se apunta como extemporáneo marchamo de legitimdad, slogan permanente que repetirán hasta el hartazgo allí donde les escuchemos rebuznar.
Jaume Farrerons
17 de diciembre de 2009
17 de diciembre de 2009
jueves, noviembre 19, 2009
Metástasis del pujolismo
Los últimos escándalos han puesto en evidencia algo que la ciudadanía catalana ya sabía pero los políticos negaban, a saber: que no cabe hablar de “casos” de corrupción, sino de un sistema corrupto del que son cómplices, por acción u omisión, todos los partidos representativos, casi sin excepción. El hecho de que el Parlament conociera las irregularidades contables del Ayuntamiento de Santa Coloma y no moviera ni un dedo para investigar los hechos constituye una pieza de convicción irrefutable de la putrefacción de toda una clase política. Coherentemente con ello, se sigue respetando a quien ha sido el inventor del modelo corporativista de “ley del silencio” mafiosa que impera en Cataluña y que hace de la corrupción un hecho intrínsecamente vinculado al actual catalanismo. Ese hombre es Jordi Pujol i Soley, alguien que con el caso Banca Catalana puso los fundamentos del oasis catalán. Estamos ante un dispositivo de opacidad informativa en virtud del cual toda crítica a lo que no funcione en el país se considera un acto antipatriótico. Bajo tal paraguas ideológico, los corruptos, los incompetentes y los criminales se han sentido impunes durante décadas y, claro, el cáncer se ha ido extendiendo hasta enfermar la totalidad de los tejidos institucionales, generando una auténtica metástasis.
El estallido coincide con una crisis económica mundial de consecuencias devastadoras, de manera que este “hecho diferencial” específico del sistema político catalán nos hace singularmente vulnerables a los catalanes, pues supone la desmoralización y pérdida de valores de toda una sociedad. Cataluña no se recuperará hasta que se levante la veda del pujolismo y del personaje Pujol, lo que implica un verdadero ajuste de cuentas con el pasado y un relevo generacional en todos los partidos o bien, en caso de que éstos se empeñen en mantener el dispositivo oligárquico imperante, la fundación de organizaciones alternativas, asamblearias y democráticas, de ciudadanos autónomos.
Es necesario, sin duda, un cambio profundo, pero se equivocan quienes crean que éste vendrá de un nuevo gobierno de CiU. Artur Mas, nombrado a dedo por Pujol como su “heredero”, es “más de lo mismo”: la perpetuación directa y flagrante del pujolismo. No hablemos ya de Duran i Lleida, paradigma del catalanismo corrupto. Apoyar actualmente al nacionalismo “de siempre” equivale a querer apagar un incendio con gasolina.
Jaume Farrerons
19 de noviembre de 2009
viernes, septiembre 11, 2009
Nacionalistas catalanes: miedo a eyacular
El nacionalismo catalán está en crisis. Aunque la gran masa de sus seguidores no sea demasiado consciente de ello, los dirigentes políticos de la impostura separatista sí lo son. ¿En qué consiste esta crisis? Pues, simplemente, en el agotamiento del modelo pujolista, consistente en aplazar para el futuro una independencia mítica, un paraíso por venir pero instalado siempre en el horizonte y, mientras tanto, ir chupando del bote. Sus propias palabras les exigen pasar a la acción o desaparecer, pero los políticos, acostumbrados a la buena vidorra institucional, saben que esto puede ser muy, muy duro, y no se acaban de aclarar, por decirlo suavemente. De un lado, quieren asegurarse en propiedad el utópico valor "independencia futura" que les da de comer, de otro, tildan de irresponsable extremista a quien parezca tomarse en serio esta palabra. El caso Carretero es muy claro. El partido más inclinado a representar el papel de desmelenado en toda esta comedia patriótica pseudo catalanista ha desgustado ya las administraciones y conoce las mieles de la poltrona. ERC siente pavor de sí misma y por eso pacta con el PSC: es una forma de ir alargando el pujolismo, deliciosa travesía del desierto, con la excusa de que, ante todo, son un partido de izquierdas y no quieren revolcarse en la cama con los derechistas de Convergència i Unió. Falso, ERC es también un partido de derechas y, además, de la peor especie.
Por su parte, Artur Mas (más de lo mismo) invita una y otra vez a ERC a cuadrar la ecuación ERC+CiU=Cat, pero esto sólo significa para muchos recuperar el poder y el tren de vida que caracterizó su larga etapa clásica de chuponaje (Catalanisme i Progrés). Otro sector de CiU, los soberanistas, quieren representar la farsa del rasgamiento de vestiduras (ens roben!) en competencia con ERC y son conscientes de que si se alían con el partido de Carod-Rovira y Puigcercós ya no tendrán excusas: la propia lógica del estar obligado a demostrar que ellos son más nacionalistas que ERC escapará tarde o temprano a su control. Temen hacer el ridículo -síndrome de octubre del 34- y que la bicoca se acabe de forma definitiva tras un desastre descomunal harto presumible.
El abismo se abre ante ellos. Sienten angustia. Cuando reclaman la independencia, saben que es un farol, están aterrorizados. Cobardes.
El caso de Duran Lleida es ridículo: este oportunista donde los haya un día antójase independentista y al siguiente sueña con ostentar cartera de ministro en Madrid. Sólo piensa en su culo y en su carrerita personal. Poder. El sillón y la secretaria (!ay, la secretaria!) es lo que más le motiva en la vida. Así, si en su entorno alguien habla de independencia, lo tacha de radical, pero horas más tarde pronuncia un discurso bajo una estelada, ignominioso símbolo del comunismo de Terra Lliure. Duran i Lleida es la expresión pura y dura del catalanismo cobarde, mentiroso, corrupto y criminal que corroe por dentro esta comunidad autónoma. Cara duran.
Finalmente, está el factor vasco. Los nacionalistas catalanes se habían acostumbrado a que el nacionalismo euskaldún ejerciera de partida de la porra en el anhelado proyecto de destruir España. Por cierto que los catalanistas, si pudieran, desmontarían el país de una tacada. Pero lo que más temen es tener que verter su preciosa sangre de parásitos oligárquicos por la patria que tanto dicen amar y que en realidad no representa otra cosa que su modus vivendi.
Eran en efecto los vascos, tan brutos ellos, quienes tenían que derramar la sangre propia y de otros, mientras aquí se jugaba a la moderación y al farisaico gradualismo. Pero en el nacionalismo euskalherríaco la crisis es todavía más profunda que en el catalán. La descomposición política de la izquierda abertzale ha dejado el relevo en manos de los burgueses del PNV; éstos, empero, después de extorsionar durante años con el secesionista Plan Ibarretxe, han demostrado que sólo eran otro buñuelo de viento. España no debe temer nada frente a semejante caterva de vividores. Con cuatro milicias patrióticas y el cabo los derrotaríamos, nosotros, que no tenemos miedo a morir por nuestras ideas.
Los nacionalistas catalanes están, pues, solos con su "heroísmo" del soldat català, un heroísmo del que, empero, carecen totalmente. Prisioneros de sus contorsiones, saben que deben avanzar hacia la independencia y que, si la quieren, han de dar ya el paso al frente, pero no se sienten capaces, les tiemblan las piernas. El montillismo es la expresión de esta extrema putrefacción de la narración histórico-ideológica que, como un coito, iba del catalanismo (penetración) al nacionalismo (frotamientos) y de éste al orgasmo profético-utópico de la independencia nacional.
!Ni más ni menos que el paraíso! Esta ideología toca a su fin porque nadie, excepto desequilibrados como Carretero o los grupos radicales de extrema izquierda marxista, quiere arriesgarse después de un cuarto de siglo aplazándolo en nombre de una presunta moderación que, en realidad, era otra cosa muy diferente. Tienen miedo a eyacular, no sea que, a renglón seguido, algunos ciudadanos indignados y armados les recuerden que provocar una guerra civil tiene su precio.
Jaume Farrerons
11 de septiembre de 2009
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